Revisión de la evolución de los sistemas de salud públicos y privados en España: 1500-2014 ¿Desastre u oportunidad? publicado en USAHISPANICPRESS

¿Desastre u oportunidad?

MADRID, 25/12/1975.- El rey Juan Carlos (c) conversa con uno de los niños ingresados en el Hospital-Asilo de San Rafael de Madrid, durante una visita al centro, acompañado de la reina Sofía (2d). EFE/rsa

La primera edificación conocida que reúne plenamente las características que identifican a los Hospitales, tal y como son conocidos hoy día, fue construida con dinero público en la pujante Sevilla del Siglo XVI, que en pocos años había experimentado una espectacular explosión demográfica como consecuencia de su importancia en el comercio con lo que aún se denominaba “Las Indias” o “Nueva España”, con las consecuencias derivadas del hacinamiento.

Magníficamente provisto de una legión de barberos (hoy cirujanos), sangradores (hoy enfermeros) y religiosas (con funciones equivalentes a las de un auxiliar de clínica), sus amplias salas habitualmente se encontraban atestadas de camastros, que no era excepcional ver ocupados por dos personas (una descansaba su cabeza en los pies de la cama, mientras la otra se encontraba en la disposición convencional) en su mayor parte llegadas de las Américas, con toda suerte de enfermedades, gimiendo, delirando o lamentándose.

El aire, según cronistas de la época, resultaba irrespirable en varias decenas de metros alrededor del edificio, debido tanto a los deficitarios hábitos higiénicos de la época, como a la causa más frecuente de ingreso: cuadros diarreicos, que sin la atención adecuada resultaban mortales. Como colofón, el usuario promedio del Hospital de las cinco Llagas, nombre de la Institución, que continuó funcionando hasta 1982, pertenecía al grupo social autodenominado “pobre”, que tan solo muy excepcionalmente tenía la capacidad suficiente para pagar los honorarios de un médico.

Como profesionales liberales, los médicos vivían a expensas de la retribución obtenida a cambio de la prestación de sus servicios, y  ocupaban un segmento socioeconómico muy similar al que han llegado a principios de la década de 2010: capacidad adquisitiva media, mal vistos por las clases más desfavorecidas (que consideraban sus honorarios abusivos en comparación con los de los barberos o los sangradores), despreciados por la burguesía (su estrato social de procedencia, que, dentro de un sistema social en que la movilidad de clases era excepcional, contemplaba cómo la figura del galeno revestía algún grado de dignidad, en ocasiones cercana a la de los miembros más humildes del clero), y despreciados por la nobleza, que no encontraba diferencia entre un médico y un herrero, prodigándole el mismo trato a ambos, y que encontraba ofensivo que el primero exigiese unos honorarios y consideración más elevados que quien cuidaba de las monturas, de valor práctico en aquel tiempo.

En estas circunstancias, la respuesta de los médicos a la prestación de servicios no remunerados en el ambiente hospitalario previamente descrito, resultaba invariablemente negativa. La situación, que no podía ser resuelta a través de un acuerdo económico por la “dignidad” del médico, y aún menos a través del reconocimiento de su labor atribuyéndole títulos nobiliarios (restrictos al alto clero y militares de alta graduación protagonistas de gestas notables), no parecía tener vía de solución, por lo que fue requerida la colaboración del Ejército, que asignó los períodos de guardia de sus sanitarios al hospital, quedando legislado al comprobar cómo las necesidades asistenciales quedaban más que cubiertas por esta vía, que los médicos que deseasen ejercer su profesión en Sevilla deberían de comprometerse a cubrir unos periodos de tiempo, unas “guardias” (término que perdura hasta nuestros días) en el Hospital de las Cinco Llagas, arriesgándose los transgresores a castigos de extrema severidad, extraídos del código de Justicia militar.

Con el transcurso del tiempo, los avances en todas las áreas del conocimiento modificaron paulatinamente la metodología empleada en la provisión de cuidados de salud, prácticamente inexistentes, salvo por los cuidados primarios llevados a cabo por algunas órdenes religiosas y algún Hospital de Caridad u “Hospital de Pobres”, escasos en número y servicios hasta que la mentalidad filantrópica, originaria del medio sajón, se extendió a España, ya bien entrado el siglo XIX, cuando aparecieron varios sanatorios y hospitales construidos y financiados por familias acaudaladas. Véase como ejemplo el Hospital de Mora (apellido de su financiador, Don José Moreno de Mora), inaugurado en 1904.

El problema inherente a estas instituciones, además de su escaso número, era la limitación temporal de su existencia, vinculada a filántropos o familias que, desaparecidos o sin recursos suficientes para responder a las demandas generadas por la actividad decurrente de su obra, generaban una crisis en la población atendida y la actividad económica dependiente directa o indirectamente del funcionamiento de la Institución, que habitualmente acababa siendo integrada en el seno de las innumerables instituciones dependientes del erario público, que hasta mediados del siglo XX constituyeron el complejo entramado de la Administración Pública en España y que, dependiendo de su holgura económica, generaban una compleja red logística que garantizase a sus funcionarios el acceso en condiciones ventajosas a diferentes bienes y servicios como complemento de la exigua retribución recibida a cambio de su trabajo.

En este marco, hasta mediados del siglo XX, la prestación de servicios de cuidados de salud estaba constituida por un laberíntico mosaico de instituciones, religiosas, municipales, provinciales, estatales, mutuas, etc. La heterogeneidad en su distribución geográfica, la escasa calidad de los servicios prestados y, habitualmente, la necesidad de que el paciente aportase medicación, materiales para realización de curas, o dinero para cubrir la vertiente hostelera de su ingreso, eran los aspectos más característicos de este sistema, que en los primeros años de la segunda mitad del siglo XX comenzó a experimentar una lenta modificación, jurídicamente plasmada en la Ley de Bases de la Seguridad Social de 1963, que contenía los principios básicos que irían a definir la trayectoria del sistema sanitario español de los 50 años siguientes: Asistencia Sanitaria financiada por el Estado a partir de las contribuciones de los trabajadores, gratuita y universal.

Esta época, que corresponde a sucesivos gobiernos formados por tecnócratas, en una época en la que la España franquista, una vez recuperada de la situación ruinosa generada por la Guerra Civil Española y los años de aislamiento posteriores, presenta paisajes, sol, infraestructuras y precios extremadamente competitivos, se convirtió en un atractivo destino turístico que generó una entrada masiva de divisas, hábilmente reinvertidas por los gobiernos de la época en mejorar aún más las estructuras clave y las condiciones de vida de la población, que contempla con asombro la transformación de España en un país con industria automovilística propia, carreteras en buen estado, seguridad ciudadana y acercamiento a la mayor potencia de la época: Estados Unidos.

A finales de la década de 1960, época en que la Dictadura pasó a ser popularmente llamada “dictablanda” por la creación de un ambiente político que miraba con simpatía a la Democracia, que dejaba de ser un adversario para convertirse en objetivo, el trabajador español tenía a su disposición un sistema de ambulatorios, donde eran atendidos por médicos generales o especialidades que no requiriesen un soporte instrumental complejo; hospitales provinciales, donde se trataba las patologías más comunes; y enormes hospitales generales, donde eran atendidos los casos de mayor complejidad, todo ello de forma gratuita.

Tan complejo sistema requería para su funcionamiento un grupo numeroso de profesionales que, paralelamente a lo descrito en la dinámica del Hospital de las Cinco Llagas, adolecía de médicos. Estos profesionales, que subsistieron como trabajadores independientes, se convierten en piedra angular del símbolo de progreso del país en materia de bienestar social. El Estado, a pesar de la bonanza económica vivida, difícilmente podía viabilizar un sistema que tenía su mayor fortaleza en la minimización de los costes relacionados con el personal: mutilados de la guerra o militares retirados se ocupaban del control y observancia de las normas de convivencia básicas.

Religiosas, siguiendo la tradición histórica, se ocupaban del cuidado básico de los pacientes, tareas administrativas y auxiliando al médico en algunas funciones docentes y disciplinarias. La formación impartida por las religiosas estaba fundamentalmente dirigida a las mujeres que prestaban el Servicio Social, análogo al Servicio Militar en el género masculino, y que contaba, entre otras opciones, con la posibilidad de recibir formación en Enfermería, que al fin del periodo de servicio, y dependiendo de la respuesta de la alumna en formación, confería a la formando el título de Enfermera, hasta finales de la década de los años 60, limitada a ejecutar las indicaciones del médico, que asumía el papel de “asociado” a una hospital o unidad, donde eventualmente asistía (la visita médica) y proporcionaba orientaciones en sentido de dirigir en uno otro sentido los cuidados y exámenes necesarios en el proceso de estudio y diagnóstico del paciente, elemento pasivo, sin derecho ni voluntad de manifestarse.

Al igual que medio milenio antes, la retribución en términos económicos resultaba exigua, hecho compensado por la concesión de un estatus social equivalente al del clero o las Fuerzas Armadas, los grandes “aliados” del régimen franquista y llave para acceder a oportunidades de crecimiento social, económico y científico. La insignificancia del componente económico era justificada utilizando el argumento de que el sueldo recibido era tan solo un complemento para el médico, que inherentemente a la naturaleza de su profesión, debería trabajar en varios centros, asumiendo que su función en el hospital sería de naturaleza ejecutiva, asistiendo 2-3 veces por semana para poner orden y orientar el trabajo del resto de la semana. Aquellos que deseaban un puesto fijo en el sistema, la mayor parte de las veces destinados a áreas rurales, ganaban un sueldo semejante al de un sargento del Ejército, teniendo opción a duplicar su cuantía si el facultativo comprometía su servicio a horario continuo, que implicaba permanecer de por vida en su demarcación.

En esta época, la formación médica, limitada en número de alumnos por el Estado, costosa, y con expectativas de un futuro económico modesto comparativamente con otras profesiones liberales, quedaba reservada a un escaso número de estudiosos dotados de becas estatales e hijos de familias de posición acomodada con espíritu científico. La mitad de los matriculados desistía en su empeño durante el primer curso, y un 30% adicional emigraba a zonas con mayor potencial de desarrollo, especialmente Estados Unidos, al finalizar los estudios, por lo que el mercado laboral en España sufría una elevada demanda de médicos.

El proceso formativo, como consecuencia de lo expuesto, presentaba la peculiaridad de facilitar, a quienes tenían en perspectiva permanecer en el territorio nacional, un trato cercano con el personal docente, que habitualmente reclutaba de entre los alumnos a aquellos con mejor perfil de competencias para, primero actuar como auxiliar, más tarde como sustituto (el pasante) y, eventualmente, con el devenir de los años, en asociados o “herederos” del consultorio.

En este contexto, en 1970 determinamos dos elementos que irán a ser una constante en la Medicina de las décadas siguientes en España: :

a) Fuga de cerebros. Pertenecientes a familias con alguna holgura económica, a pesar de gozar de una perspectiva laboral excelente, en una España necesitada de médicos, las condiciones salariales y perspectivas de futuro resultaban, por sí solas, disuasorias para aquellos con mayor capacidad de toma de decisiones y mejor formación, que abandonaban nuestro país con la perspectiva de ejercer en un medio que posibilitase su crecimiento personal y científico sin requerir por ello una vida de ascetismo. El éxodo de una parte significativa de los graduados ha sido un fenómeno presente, y con magnitud creciente a medida que las condiciones de vida para los facultativos que ejercían en el territorio español se degradaban.

b) Recelo de la población hacia la sanidad pública en favor de la privada. En un estudio llevado a cabo en 1970, en caso de grave enfermedad, el 36% de las casi 2.500 personas encuestadas iría a un médico privado, y tan solo el 13% al servicio de urgencias de un hospital. Al ajustar por poder adquisitivo y clase social, algo más de la mitad de las personas de clase media/alta o alta optarían por la opción privada, quedando los servicios de urgencias de los hospitales relegados al 10% de este grupo de población.

La Transición Española

Con pocos cambios, esta situación se mantuvo prácticamente inmutable hasta 1975, año en que falleció el General Francisco Franco, que había gobernado España durante lo que se dio en llamar “cuarenta años de paz”, y sentado las bases de la reinstauración de un Régimen Democrático, con el joven Rey Juan Carlos I como garante de la estabilidad política del país, cuyos habitantes al igual que sucedió con su predecesor en la Jefatura del Estado, dirigirían su atención y confianza hacia la figura moderadora y permanente de la Monarquía en lugar de la sucesión de gobernantes, a veces fugaz, que tiene lugar frecuentemente en los países que sufren una modificación del régimen de gobierno. Y en efecto, entre 1976 y 1982, Arias Navarro, Adolfo Suárez y Calvo Sotelo ocuparon el primer escaño, intentando en todo momento preservar el equilibrio social de una España donde todos utilizaban la palabra democracia, aunque apenas unos pocos fueran capaces de definir de forma aproximadamente el significado de este sustantivo.

Ante la apatía generalizada de los poderes legales establecidos, un grupo de altos mandos de las Fuerzas Armadas planeó una toma de poder hostil en 1981, materializado por el Teniente Coronel Tejero, que paradójicamente consiguió su objetivo al ser derrotado. En poco más de 24 horas, España pasó de ser un mosaico inconciliable de tendencias políticas a definir cuatro grandes partidos. El joven Rey Juan Carlos, de noble apático y distante del pueblo, a líder de todos los españoles y Capitán General de los Tres Ejércitos, que haciendo valer su rango militar, con sólo una orden encontró a su servicio a las Fuerzas Armadas, insurgentes o no. Y el propio Teniente Coronel Tejero, que retenía en el Congreso a un nutrido grupo de políticos, ante la llamada de su Soberano, noblemente depuso las armas sin que mediase el menor gesto de violencia.

La España de la noche del 24 de Febrero de 1981 era una Monarquía Constitucional con un Ejército leal, con un pueblo unido y orgulloso de su Rey, que hasta ese día había sido objeto de discusiones y observado con recelo. Un sistema de partidos integrados en cuatro grandes grupos: el socialista PSOE, El Partido Comunista, El centrista UCD, y el democristiano Alianza Popular. El recuerdo del robo de las reservas de oro y la abducción de millares de niños a la Unión Soviética al finalizar la Guerra Civil disuadió a muchos electores de izquierdas, que optaron por un socialismo más moderado, al tiempo que UCD sufría el desgaste de la inestabilidad política vivida durante la transición, con un trasvase masivo de votantes a Alianza Popular, que se erigía así en representante del conservadurismo moderado, liderada por un hombre brillante y excelente político, D. Manuel Fraga, que tenía en 1982 una larga trayectoria política, que por razones de edad había transcurrido bajo el régimen del General Franco, y que tras el 23-F tuvo, en su vertiente de personaje histórico, una caída brusca de su popularidad.

España quería caras nuevas, olvidar la turbulenta transición, que terminó el intento fallido de golpe de Estado. Analizada la situación desde la perspectiva actual, era un problema de marketing: el triunfo de Suárez, por la presentación de un nuevo producto, el centro, en un mercado saturado de dos productos, izquierdas y derechas, que se ofertaban en varias presentaciones, todas ellas con el mismo sabor aciago, más o menos concentrado. El nuevo producto, de sabor neutro, y por ello sin entusiastas, el Centro, llegó al poder por rechazo de los dos primeros, mas su sabor anodino y el dolor de cabeza del 23-F no resultaron del gusto del mercado, que buscó un producto nuevo, con nueva presentación, y quizá un sabor menos denso que aquellos que ya habían probado: un candidato joven en cualquiera de los dos partidos, cercano al pueblo y que no transmitiese sensación de paternalismo, sino lo contrario, era lo que España deseaba en aquel momento. Y ese producto tenía nombre y apellidos: Felipe González.

En estos años, la formación en Medicina experimentó grandes cambios:

– El número de estudiantes creció exponencialmente como consecuencia de las presiones del Ejecutivo para materializar la declaración Constitucional de acceso universal y gratuito a la educación. Este hecho multiplicó de una forma preocupante el número de matrículas en todas las carreras universitarias, y en especial Medicina, por dos elementos externos y no relacionados con el ejercicio profesional: de una parte, el estatuto de “privilegiado” u oficialmente relacionado con el poder, resultado de la creación de la Seguridad Social y el funcionariado del médico. La segunda razón, tan peregrina como la adquisición por parte de RTVE (Radiotelevisión Española) de 2 series de televisión -electrodoméstico que aún conservaba su pátina de “instrumento de alta tecnología”-, ambas relacionadas con el ejercicio de la Medicina, apareciendo de esta manera el primer experimento masivo de publicidad subliminal en España, con Dr. Ganong, en antena desde 1969 y una primera versión de Dr. Who. Entre los años 1976 y 1978 el número de matriculados en facultades de Medicina se duplicó.

– Debido a la crisis del petróleo, España sufrió un marcado proceso inflacionista, que a medio plazo se tradujo en un aumento lineal de los salarios, mientras que los precios de las instituciones dependientes del Estado, entre ellas las universidades, no actualizaron este parámetro. Como consecuencia, el coste las tasas universitarias resultó accesible a muchos más bolsillos de lo que había sido hasta entonces, hecho que acompañado por la desaparición de los números clausos, la devaluación de la peseta -que encareció considerablemente la “aventura” de comenzar el ejercicio Médicos en USA, que en esta época concluye su protocolo de colaboración con España en esta área-, y un perfil diferente de estudiante de Medicina con una mentalidad más conservadora que la sus antecesores en lo referente a salir de España, contribuyó a la creación, por primera vez en muchos años, de un excedente de médicos en 1981, 6 años tras la eliminación de los números clausos, que ese año vuelve a instaurarse para evitar la perpetuación del excedente de profesionales pertenecientes a este grupo. Es en estas fechas cuando tiene lugar la primera reunión con representantes del gobierno británico con el objetivo de establecer un acuerdo en condiciones semejantes al mantenido con los Estados Unidos.

– El estudiante promedio de Medicina en la época de la Transición aspira a convertirse en la nueva clase media-alta a expensas del ejercicio de su profesión, que continúa con el mismo nivel retributivo que a comienzos de la década, con la diferencia de que al médico ya no le resulta posible ejercer su ejercicio en varias instituciones simultáneamente, porque entre los 800.000 parados que alcanza el país en 1977 hay, por primera vez en la Historia, médicos.

La clase política presenciaba con creciente preocupación el aumento del n en el momento representada por el Presidente Suarez, que comprobaba cómo la situación social y económica de España se deterioraba cada vez más. Las personas eran despedidas por quiebra asociada a la crisis mundial e inflación del 20%. Los parados, grupo social que aparece al tiempo que la democracia, sin una estructura social, económica ni recreativa que les respondiese a sus excedentes de horas libres, a lo que se añadía el concepto negativo heredado de las décadas previas, y refrendado en la Ley de Vagos y Maleantes, que el concepto social tremendamente negativo de sin nada que hacer, se sumaban a las masas que recorrían diariamente las calles de todas las ciudades reclamando, unas veces algo que ya tenían, otras pedidos legítimos, que llegados a oídos de la Administración eran atendidos con alguna rapidez, y finalmente, exigencias de utopías o absurdos, generalmente en un contexto de violencia urbana, y que prosperaban debido a la colaboración de los desempleados, resentidos con el sistema que les había proporcionado unos derechos que no se podían poner en la mesa ni utilizar como moneda de cambio.

La incorporación potencial a este colectivo de un grupo poblacional joven, dotado de capacidad de crítica y argumentación lógica, los médicos que no conseguían ejercer su profesión, sugería un escenario de aumento del rechazo hacia el sistema instituido, documentado por un aumento progresivo de la popularidad de Franco, que habría obtenido mayoría absoluta en unas elecciones de haber seguido con vida hasta el intento de Golpe de Estado de 1981. De otra parte, los costes en Sanidad resultaban cada vez más elevados en relación al PIB, no resultando posible reducir aún más la pírrica retribución de los facultativos con el argumento de que el ejercicio de la Medicina requería, por su propia naturaleza, el ejercicio simultáneo en varias instituciones.

Como respuesta a las dos necesidades, rentabilizar la formación de decenas de miles de médicos que no encontraban ninguna salida laboral y que eran potenciales elementos desestabilizadores del sistema, y la reducción de los costes relacionados con la salud a través del abaratamiento de la mano de obra, surge la declaración del MIR (Médico Interno Residente) como único modo de obtener una especialidad reconocida oficialmente. La denominación de esta nueva figura en el campo de la salud estaba en relación con la naturaleza de su misión en el hospital: manteniendo cierto paralelismo con el Servicio Militar, el médico en formación tenía su domicilio en el interior del hospital durante los dos primeros años, hecho que le facilitaba la supervivencia debido a que no recibía ningún tipo de retribución ni era considerado personal laboral, siendo una de sus misiones atender las llamadas internas del hospital en que la presencia de un facultativo resultara necesaria. Gracias a esta figura de “esclavo por oposiciones”, el presupuesto asignado a la asistencia sanitaria frenó su crecimiento a pesar de la adquisición de tecnologías y aumento de las prestaciones sanitarias o número de personas atendidas durante toda la década de 1980.

El problema de Enfermería

Tradicionalmente a cargo de religiosas y mujeres formadas en el seno del Servicio Social, equivalente femenino del Servicio Militar, el nuevo régimen -que se autodeclaraba laico e intentaba eliminar todo signo de la obra de Franco-, encontró varias áreas hasta entonces sin coste, que en consonancia con los principios declarados en la Constitución de 1978 y las ideas tácitamente aceptadas por la mayor parte de las facciones políticas -que requerían un relevo urgente, no existiendo ninguna alternativa con viabilidad a corto plazo-.

En el caso de la atención a la Salud, la respuesta vino de la mano de un colectivo profesional prácticamente inexistente hasta la fecha, y que experimentó varias remodelaciones hasta llegar al modelo actual: Los enfermeros diplomados. Aunque constituida en 1952, la figura del Ayudante Técnico Sanitario (ATS) quedó relegada durante décadas a Auxiliar/Secretaria del Médico, que le dictaba las medidas que deberían ser adoptadas en cada caso a lo largo de sus visitas, actividad no muy diferente de la llevada a cabo por las religiosas, pudiendo optar al título, no universitario, las mujeres que durante el Servicio Social eligieron la vertiente sanitaria como área de desarrollo profesional.

Constituía, en suma, un colectivo de soporte al médico, que las veía (la práctica totalidad era de sexo femenino) como “secretarias vestidas de blanco”. Surgió de esta convivencia el sentimiento de que los ATS eran “el proletariado” de los médicos. Esta auténtica conciencia de clase, que sentía aversión por el “jefe”, que llegaba, les reprendía severamente, dejaba nuevos encargos y marchaba, actitud que desde la óptica del facultativo estaba completamente justificada y reglamentada, insertada en el contexto histórico de la Transición, lejos de incentivar el diálogo y puesta en común de las perspectivas de cada una de las partes interesadas, tuvo un efecto estimulante en el colectivo de enfermeros, que reestructuró el cuerpo doctrinal de la profesión, que dejó de ser un oficio en 1977 con la Diplomatura Universitaria de Enfermería, que formaba profesionales capaces y autónomos educados para trabajar con, y no para, el médico.

Este último colectivo, con la inercia de centenares de años de existencia, y un cuerpo doctrinal con orígenes tan antiguos como la propia humanidad, coordinado por la universidad, no llegó más allá de adoptar una posición defensiva, resistente al cambio que el medio pedía cada vez con mayor vehemencia. La actitud inmovilista y el aura de “favoritos del régimen franquista”, justificó sobradamente una dura campaña de desprestigio y degradación socioeconómica, la “proletarización del Médico”, que en todo momento gozó de las simpatías del pueblo, que mantenía inmutado el concepto que describimos en el comienzo del texto. Situaciones que permitieron mantener estable el porcentaje del PIB atribuido a cuidados de salud a expensas de recortes salariales progresivos y aumento de responsabilidades y funciones.

En 2013, el perfil laboral del enfermero, licenciado universitario, con un salario base 10% inferior al del médico, y con una sistemática de trabajo esquematizada, detallada, siguiendo unos patrones bien definidos, incluso en lo relativo a la baremación de sus méritos académicos.

La nueva figura del enfermero desvinculado jerárquica y metodológicamente del médico, que debía, por el mismo salario que dos años atrás había sido justificado por la ausencia de obligación de cumplir un horario, al tiempo que ratificado el hecho de que “un médico no podrá nunca vivir de lo que gane trabajando en un solo hospital”, se enfrenta a una revolución completa en lo relativo a su lugar en el nuevo orden. Integrante de los sectores “favorecidos” por el anterior régimen, una imagen estereotipada de abundancia económica, y una posición dentro de la jerarquía institucional compatible con la de una dirección de servicio, con independencia y sin supervisión gracias a su estatuto de colaborador a tiempo parcial, en el curso de pocos años, sin mediar notificación o justificación, encuentra un hospital que le paga, al igual que antes, una cantidad mísera, que ha ido devaluándose con las crisis inflacionista; un médico interno, que atiende a sus pacientes cuando lo requieren; enfermeros que trabajaban junto a él, con su propia escala jerárquica, con funciones independiente de la actuación de los médicos, formando parte del equipo encargado de mejorar la atención de la persona enferma.

¿Cómo es la Medicina Privada en 1980?

Si el Sistema Nacional de Salud había seguido una política continuista de las grandes líneas de actuación marcadas por el General Franco, con la única salvedad de la puesta en marcha de numerosas, erráticas y fallidas tentativas de encontrar un hacer confluir los centenares de instituciones independientes que constituían el Sistema Nacional de Salud, de la saturación del mercado laboral, la Medicina Privada experimenta en este década notables cambios cuantitativos y cualitativos:

a) Cambio del modelo unipersonal a sociedades. Los honorarios atribuidos a los facultativos, tradicionalmente exiguos, habían sido compensados por la demanda de servicios y flexibilidad de los horarios de trabajo, reflejada en informes de la época, que justificaban los menguados salarios aludiendo al ejercicio en varias instituciones como característica inherente de la práctica médica, atribuyendo un papel “directivo” o “coordinador” de los procedimientos diagnósticos o terapéuticos que habrían de ser aplicados a las personas hospitalizadas. El auténtico valor de la asistencia a los hospitales públicos radicaba en la adquisición de pacientes para el ejercicio privado.

En una época de transición, con una balanza comercial positiva en los últimos años del régimen franquista, entrada de información previamente sometida a la criba de la censura oficial, y por ello acogida con entusiasmo, lo que dio lugar a una culturización de la población, que exigía mayores estándares de calidad que los ofertados hasta la época. Las consultas atendidas por un médico resultaban poco resolutivas debido al desarrollo tecnológico y exigencias de los pacientes. Por otro lado, los tímidos pero constantes esfuerzos de la clase dirigente por crear un sistema homogéneo, con trabajadores propios con una vinculación sin lugar a fisuras, comenzaron a dar sus resultados con la transformación de Enfermería en profesionales cualificados, con tareas propias bien definidas, complementarias pero no dependientes, del facultativo, que de esta forma venía a perder su estatuto de gestor de procesos para convertirse en un asalariado más en un sistema donde hasta entonces había sido un privilegiado.

Este fenómeno precipitó la salida de muchos facultativos con prestigio y alternativas laborales, que adaptándose a las nuevas exigencias del mercado crearon policlínicas en que diferentes disciplinas trabajando en equipo facultaban al paciente la atención integral solicitada. En algunos casos, esta nueva incorporación en la oferta de servicios de salud basculaba en torno a una figura del mundo de la Medicina, reconocida a nivel científico y popular, cuyo nombre confería a la institución una pátina de virtuosismo y confianza que aportaba un valor añadido (en Economía denominado “goodwill”), algunas ellas aún en funcionamiento, caso de la Clínica Barraquer y los Hospitales Pascual.

b) La economía doméstica no acompañaba paralelamente a las nuevas exigencias de los usuarios de los servicios privados, fenómeno que no pasó desapercibido para las aseguradoras, que rápidamente adaptaron sus productos a esta nueva modalidad, dando lugar a un nuevo producto: los seguros privados de salud, individualizados según las necesidades y poder adquisitivo de cada cliente. De este modo, la familia española que medio siglo atrás no tenía posibilidades de obtener asistencia sanitaria más allá de los tratamientos prodigados por las órdenes religiosas y la beneficencia, encontraban a su alcance un sistema gratuito de asistencia universal, el Sistema Nacional de Salud, y una red de servicios privados rápida, confortable, eficiente y económicamente accesible.

c) Los primeros conciertos entre el Estado, representado por la Secretaría de Estado para la Sanidad con entidades privadas, a través de la normativa publicada el 11 de Abril de 1980. De esta forma, se intentaba aprovechar todo recurso disponible en España para conseguir los medios necesarios para la atención de una sociedad cada vez más consciente de sus derechos y exigente con los servicios dispensados.

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